Martín Marcos. / fotografía cedida por la familia
Bajo la epidermis de un hecho luctuoso, la muerte hace unos días de un trabajador aplastado por un dumper -por desgracia nada que no suceda todos los días- se escondía una historia fascinante: la biografía de un tipo singular, de un humanista rural, trotamundos experto en intemperies, sabio ajedrecista, leñador, levantador de tablones, filósofo epicúreo y sonetista genial al decir de gente tan poco sospechosa del halago vacuo como el torrencial escritor Fernando Arrabal. Un gran, brillante desconocido, como reconocía el propio inventor del teatro Pánico en una estremecedora necrológica en el diario El País del pasado domingo. Un gran desconocido para el gran público, sí, pero no para quienes tuvieron la suerte de gozar de su excepcional compañía: amigos, familiares, habitantes de la comarca de Pinares, donde era tan conocido como querido.
Nacido en 1962, jugando a Robin Hood entre los pinos supo que la naturaleza era su lugar en el mundo; y la poesía su instrumento para la redención y para conectarse con todas las cosas intangibles. Pronto quedó fascinado por aquel poeta pastor que se llamó Miguel Hernández y que tan bien cantó las cosas que igualmente él en su pueblo amaba; de la misma manera, a edad temprana quedó seducido por los misterios del ajedrez. Martín Marcos halló simetría en ambas manifestaciones artísticas, por cuanto las dos aspiran a la rareza de la perfección a través del conocimiento, que son de una sintonía más cosmogónica que terrenal, y desde luego porque ambas encierran el enigma de la belleza. La filosofía y los viajes por el mundo llegaron después, casi de la mano, aunque nunca quiso despegarse de sus orígenes: amaba perderse en el monte, observar el milagro de la bóveda celeste, respirar el aire de su Vilviestre natal, pasar horas y horas en su guardia pinariega escuchando música clásica, viendo cine clásico, leyendo como un quijote desvelado.
un ser libre. Consciente de la exigencia que suponía entregarse totalmente a estas pasiones, decidió vivir sin ataduras, libre como un pájaro. Con un hatillo exiguo, apenas lo puesto -algo de ropa y libros, siempre libros- recorrió países como un clochard invulnerable, como uno de esos seres que quieren absorber la vida pero a quienes la vida acaba agradeciendo su existencia, porque siempre pasó por ella iluminándolo todo a su alrededor.
Era tan fuerte su magnetismo y su inherente capacidad de seducción; tan arrebatadoras su humildad y bonhomía; tan deslumbrante su conversación y tan enriquecedora su compañía que nadie de los que le trataron pudo de él olvidarse nunca: el mismo Arrabal, que lo consideraba un hermano (Martín fue la única persona a la que le confiaba el cuidado de su hija), pero también cautivó a intelectuales como el escritor Houllebecq, el músico Franco Battiato o la periodista Rosa María Molló (con quien posa en una fotografía que conserva en su casa, posiblemente tomada en uno de sus viajes a Nueva York). Y qué decir de sus paisanos, de los vilviestrinos, de los pinariegos: ellos le vieron desparramar su enorme humanidad por sus calles y cañadas, por sus caminos y montes; para todos tenía siempre un gesto cariñoso, una palabra dulce, una invitación a la lectura: generosamente ofrecía sus libros a quienes quisieran acercarse a la literatura; compartía su tiempo con cualquiera que se lo solicitara, incluidas las largas partidas de ajedrez.
«Echaré de menos su vitalidad, su forma de vida austera y su bondad machadiana, porque fue -como dijo el poeta- en el buen sentido de la palabra bueno», dice de él David Desola, dramaturgo (Premio Lope de Vega) y amigo «del alma» de Martín Marcos. «Era una persona muy buena, cariñosa y tranquila; le quería todo el mundo», señala Anastasia, una de sus cuñadas, quien destaca su carácter intelectual, tan poco común, dice, en ambientes rurales. «No he conocido a nadie como él; era una persona muy culta: siempre estaba rodeado de libros, podías encontrártelo escuchando a Chaikovsky, a Bach o disfrutando de una ópera. Da mucha rabia que sea ahora, cuando ha muerto, que pueda empezar a interesar su obra y su figura. Me parece injusto».
una vasta cultura. «De haber estudiado o de haber tenido una mayor ambición a saber dónde habría llegado. Yo no entiendo mucho, pero le oías hablar con algunos de esos amigos suyos -como Arrabal- y sentías que estaba a su altura», reconoce su hermano José Luis. David Desola abunda también en este rasgo de Martín Marcos, que revela su vastísimo -y autodidacta- conocimiento de la literatura o la filosofía: «Echaré de menos sus conversaciones literarias, aunque muchas veces me hablara de libros que yo no había leído y muy pocas -o ninguna- podía hablarle yo de los que no había leído él, porque los había leído todos». Otro de sus hermanos, Mariano, insiste en que su capacidad intelectual era enorme, pero que su nula ambición le impidieron llegar más lejos, aunque reconoce que el modo de vida que había elegido era el que le hacía feliz. «Renunció a trabajos fijos porque el prefería los temporales, ganar algo de dinero con ellos y después marcharse lejos, volar por medio mundo, ser libre», apostilla Mariano.
En su casa de Vilviestre, entre fotografías de los viajes que hizo solo o en compañía (Canadá, Kenia, Thailandia, Estados Unidos, Eslovenia, Francia, Italia, Japón, entre otros) o recuerdos de estos países, se amontonan miles de libros: poesía, filosofía, ensayo y novela.
Posiblemente entre esas torres de papel se hallen algunos de los muchos poemas que escribió. Dice Arrabal que quizás se trate de uno de los mejores poetas de su generación, si bien son muy pocos los que los conocen, ya que nunca los publicó. Según su familia, deja dos libros inéditos. En este sentido, Desola hace un llamamiento a quien corresponda: que su obra debe ser publicada, «y que a Vilviestre del Pinar no le vendría mal habilitar algún espacio del Ayuntamiento para crear la biblioteca pública de la que carece el pueblo. Tal vez la Biblioteca Martín Marcos».
Juan Carlos, amigo de infancia y juventud, señala que Martín «siempre quiso ser libre: dejó los estudios y sólo hacía trabajos para ir sobreviviendo, para poder viajar y comprar libros. Vivía al día. Y nunca pidió dinero a nadie. Cualquiera en su lugar podía haber sido un arribista y haberse aprovechado del círculo intelectual en que se movía para haber conseguido algún trabajo. Pero él no. A él le gustaba la poesía, la filosofía, la música, viajar y estar en su pueblo». Y es que Martín Marcos habitó en el mundo como quiso, sin yugos, sin sometimientos vasalláticos, abominando de la rutina, más pendiente de llenar de estrellas su cielo que de hacer lo propio con su bolsillo, repleto de agujeros porque a él le sobraba con la calderilla para disfrutar de la existencia. Tuvo la inteligencia de festejar siempre lo poco que tenía, y eso es mucho más de lo que puede decir una inmensa mayoría.
De su muerte es mejor no hablar. Porque tipos como Martín Marcos no mueren nunca. Este nómada de la vida andará ahora mochila al hombro, la mirada despierta y azul buscando nuevos horizontes, otros crepúsculos frente a los que sentarse para, evocando a Pessoa, abdicar también allá, lejos, y seguir siendo rey.
Rey de sí mismo.