Lo que vieron los ojos del inglés

ANGÉLICA GONZÁLEZ / Burgos
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En 1909 el paisajista W.W. Collins recorrió España pintando algunos de sus monumentos más importantes. El resultado fue 'Cathedral Cities of Spain', un precioso libro de viajes en el que incluye dibujos y reflexiones sobre la ciudad

A la izq., acuarela de la fachada de la Catedral realizada por W.W. Collins en 1908; en el centro interior del templo burgalés con varias personas rezando y a la der., un carro con bueyes atravesando el arco de Santa María.

Un día parecido al de hoy, pero de hace 115 años, por las calles del centro de la ciudad se paseaba, atento a todo lo que ocurría a su alrededor, William Wiehe Collins, un caballero británico que llevaba meses por España retratando con sus pinceles algunos de los monumentos más importantes del país. El pintor, especializado en plasmar paisajes y arquitecturas, era un viajero impenitente y un curioso observador de lo que le rodeaba. De aquella gira surgió Cathedral Cities of Spain, un precioso libro de acuarelas acompañadas por textos en los que el autor no solo desmenuzaba los detalles artísticos que iba plasmando en sus pinturas sino también algunas características y reflexiones personales sobre lo que veía. «Encontré la ciudad de una manera similar a Cádiz, el primer lugar al que llegué. Ambas son ciudades limpias: para España; las calles en ambas son estrechas y las casas altas con balcones de doble acristalamiento. En las dos hay poco tráfico y las plazas son numerosas. Pero el parecido termina ahí». Así describe la primera (y singular) impresión que le provocó Burgos, de la que ofrecía, además, estos detalles geográficos y meteorológicos: «Las calles discurren de este a oeste en líneas más o menos paralelas al río Arlanzón. Tienen corrientes de aire y frío. Se encuentra situada a 2.785 pies sobre el nivel del mar y los vientos soplan desde la lejana sierra en ráfagas amargas». 

Aquí estuvo a gusto, según puede desprenderse de su testimonio. «La vida de Burgos es eminentemente eclesiástica con una gran presencia del elemento militar, pues se encuentran acuarteladas las tres ramas del servicio. Es un lugar tranquilo y trabajé en paz y sin ser molestado», cuenta, a pesar de que pone pegas nada menos que a la ubicación de la Catedral, probablemente en un destello de humor y flema británicos: «Qué lástima que los constructores de la gran Catedral no pudieran encontrar otro lugar donde erigir la maravillosa iglesia. ¡Cuánto mejor se habría visto si se hubiera colocado en un terreno plano cerca del río! Sin embargo, no se pueden mover montañas y me vi obligado a plantar mi caballete en la ladera de la colina y pintar la vista del frente de la fachada oeste». Desde ese punto realizó una detallista acuarela de la fachada de Santa María, en la que puede apreciarse, además, al paisanaje de un Burgos absolutamente rural -con mujeres cargando paquetes sobre sus cabezas y burros con las alforjas llenas- pero un punto exotizado a la manera del XIX, como se puede comprobar también en el personaje que se arrodilla en una de las naves del templo, que podría asemejarse a un torero. En la imagen del Arco de Santa María, dos mujeres, una de ellas en jarras, contemplan a los bueyes que tiran de un carro. 

W.W. Collins estuvo también en Las Huelgas, «un convento que todavía está habitado por monjas tímidas», en el Hospital del Rey y en la Cartuja de Miraflores donde relata que fue abordado por unos mendigos a los que dio limosna y de los que recibió una bendición. Esa fue su última parada en la ciudad y en el país: «Siempre recordaré la impresión de esa iglesia sin pasillos con sus magníficas tumbas, ese monje de túnica blanca con su voz monótona, el frío del aire otoñal y las largas hileras de chopos señoriales bajo las que hice mi última peregrinación en España».