Hace dos semanas, un temporal de viento derribó un gigantesco chopo en el arroyo de Carrias. La caída del ejemplar, de una docena de metros de altura, se llevó consigo parte del tendido eléctrico, lo que provocó el desplome de varios postes de hormigón que sostenían el cableado. El efecto cadena tras el impacto provocó incluso el desprendimiento de una enorme losa de piedra de una casa cercana en ruinas, amén del apagón de luz durante unas horas.
«No fue novedad. En el año y medio que llevo viviendo nos hemos visto sin corriente más de veinte veces», reconoce Pedro, que reformó una casa y se vino a mediados de 2023. Han sido los propios vecinos, hartos de que la Confederación Hidrográfica del Ebro desoiga sus alertas y peticiones de limpieza, también elevadas de forma repetida desde el Ayuntamiento, los que, motosierra en mano, han troceado el ejemplar para despejar el paso y evitar más sustos. No obstante, el imponente tronco sigue cruzando el cauce y aupándose ligeramente sobre el puente. Los fallos con la luz, además, generan el corte de la cobertura telefónica, que a veces se prolonga varios días.
«Es tercermundista. Estamos en la Castilla profunda y nadie nos atiende. Completamente abandonados», asegura este vecino, que reconoce estar «arrepentido» de la decisión de venirse hasta Carrias. Este pequeño pueblo burebano, punto y final de la carretera BU-711 que nace en Briviesca, es el que peor parado sale a nivel provincial del estudio Más allá de la 'España vaciada': cambio climático, despoblación y globalización en las zonas rurales elaborado por la Fundación la Caixa. Las 27 variables relacionadas con estos tres aspectos, y que se han tomado en cuenta para elaborar el índice de vulnerabilidad, dejan a Carrias como el municipio burgalés en situación más crítica, aunque numerosas localidades viven situaciones prácticamente idénticas.
Emilio Vadillo, junto a los restos del enorme chopo que aún sigue junto al río y que se llevó por delante el tendido eléctrico hace 10 días. - Foto: ValdivielsoBasta con echar un vistazo a la zona alta del pueblo, a las eras en las que antaño se trillaba y a los pajares de piedra donde se guardaba la paja, para reafirmarse en ese estado de desolación. Varias casas que amenazan con venirse abajo -o directamente ya han besado el suelo- carecen de dueños tras herencias renunciadas. Pese a estar en el limbo, la alcaldesa de Carrias, Margarita Campomar, no logra que ninguna administración le dé permiso para derribarlas. «He ido mil y una veces a la Diputación para ver qué podemos hacer y no hacen más que exigirme papeles y trámites sin fin», explica la regidora, que no obstante confirma que va a seguir insistiendo «hasta donde haya que llegar».
Con apenas 27 personas empadronadas, sobran los dedos de las dos manos para contar los que duermen todos los días en Carrias. Y basta con una para saber cuántas casas se abren cada mañana en invierno. Porque, además del abandono de las administraciones, la despoblación es uno de los factores que más íntimamente relacionado está con la vulnerabilidad de la que Carrias, por desgracia, es líder en la provincia. «En febrero esto es un solar. En verano cambia, aunque la gente viene menos que antaño», reconocen. El pueblo se ha integrado en el proyecto Arraigo, que lidera Sodebur, para sondear la posibilidad de que lleguen nuevos vecinos.
El campo. El agricultor más joven que vive -a caballo con Briviesca- en el pueblo es Emilio Vadillo, que acaba de soplar 64 velas. Alcalde entre 2007 y 2023, aguantará esta campaña y la que viene, aunque cuando culmine la cosecha de 2026 se jubilará tras casi 40 años al frente de la explotación que le legó su padre. «Mi hijo es ingeniero agrónomo, trabaja en Burgos y le he dicho que no le quiero dejar las tierras. El campo está muy jodido», admite sin tapujos.
Como bien indica el estudio de la Fundación la Caixa y explica espontáneamente Vadillo, todo indica que el futuro de la agricultura pasa por la concentración de los cultivos en pocas manos, casi siempre empresas. «Los pequeños no vamos a ningún lado. Cada vez es más complicado lograr rentabilidad con todo por las nubes», asegura. Todos los días atiende a sus gallinas y labra -cuando el cielo lo permite- las tierras de sus antepasados. Pese al buen rendimiento del 2024, Vadillo confiesa que el clima cada vez es más extremo, lo que pone más difícil lograr una rentabilidad mínima de su ocupación. «Cuando llueve cae con más fuerza que antes, igual que con la sequía, que es más mucho intensa que antes», indica. «En invierno caían nevadas de 10 o 15 centímetros. Ahora ya ni eso», lamenta el agricultor, que lleva anotados más de 700 litros por metro cuadrado desde agosto. «No ha parado de llover. El trigo lo hemos sembrado mal y quedan pipas sin cosechar porque no podemos entrar a las fincas», admite. Es más, se atreve a asegurar que la de 2025 será la campaña «más complicada para hacer las labores del campo desde que empecé en 1990».
Hay mucho trabajo por hacer, pero no me voy a cansar de dar guerra donde haga falta para que se arregle la carretera, las ruinas o el río»
Si las radicales condiciones meteorológicas no lo están poniendo fácil a los burgaleses que se ganan el pan de cada día con el campo -a la vista están las sequías de 2022 y 2023- peor perspectiva tienen si miran el precio del cereal o el que deben pagar por los fitosanitarios o los abonos. «En el 1989 mi padre vendió el cereal a 34 pesetas, las mismas a las que se paga ahora. Hace 36 años, cuando el gasóleo valía lo casi mismo. Ahora eso es impensable», recuerda Vadillo, que pone énfasis en el incremento del coste de la vida, de la maquinaria o de los productos que se registra hasta hoy en día desde entonces. «Mi primer tractor me costó 5 millones de pesetas. Ahora con ese dinero (unos 30.000 euros) no compras una décima parte de uno», lamenta.
Los servicios. Las antiguas escuelas hoy son una sala de usos múltiples, y pese a que tienen un bar que abre todas las noches, carecen de cualquier otro tipo de servicio básico. El panadero que llega dos veces por semana y el pescadero que lo hace una son los únicos que rompen la calma. Aunque tienen en Belorado su centro de referencia para los trámites, el médico de cabecera es el de Briviesca. Hasta la pandemia acudía un facultativo a pasar consulta, aunque eso es ya historia. «Nadie nos ha dado explicaciones de por qué ya no vienen. Nos tocó mucho la moral», critica Emilio Vadillo. El coche es un elemento imprescindible para realizar compras. Un autobús 'a demanda' es el único transporte que sigue conectando a este pequeño pueblo el resto.
El padrón de Carrias va poco a poco menguando, con un campo cada vez más complejo de labrar por culpa del cambio climático y del incremento de los costes y la baja rentabilidad de los cultivos. Sin embargo, no tienen nada de qué quejarse si se compara con la situación que atraviesa el patrimonio del pueblo. Aunque su calle principal luce perfectamente hormigonada, e incluso hay murales que invitan a sacar el móvil y tomar una foto, la estampa de su antigua iglesia románica y ermita es dantesca. La primera, dedicada a San Saturnino, se hundió hace 40 años. La falta de mantenimiento provocó el colapso del tejado y la consecuente construcción de una en medio del pueblo. La antigua está rodeada de maleza, aunque posee una impresionante portada renacentista del siglo XVI. «Quise bajarla al nuevo templo, pero el Arzobispado no me dio el permiso. Teníamos hasta presupuesto, que íbamos a asumir nosotros solos», recuerda.
La asociación Hispania Nostra incluyó a esta iglesia y a la ermita de Nuestra Señora del Campo, también derruida, dentro de su lista roja en 2019. Esta última, cuya cubierta se hundió antes que la de la parroquia, posee capiteles de notable interés. «Da mucha pena. Aquí nos bautizamos, hicimos la comunión y nos confirmamos muchos de los que por aquel entonces vivíamos en Carrias», lamenta Vadillo.
Uno de los caballos de batalla de la alcaldesa es el arreglo de la carretera que conecta con la vía que llega hasta Briviesca. «Me he recorrido todos los departamentos de la Diputación. Me tienen que conocer seguro, pero no voy a parar», reconoce Campomar. Esta no exige solo el extendido de una capa de firme que diga adiós a los baches, sino que se dé solución a las peligrosas curvas. «Hay mucho trabajo por hacer y somos un pueblo pequeño», sentencia.