Javier Santamarina

LA LÍNEA GRIS

Javier Santamarina


En el nombre del padre

28/03/2025

Hay que ser un ingenuo para pensar que el fin de la pandemia iba a suponer el final del sufrimiento. Ante un cuadro como el actual, solo queda la opción de aguantar, apretar los dientes y tirar hacia adelante. Merece la pena perseverar.

Ser adolescente nunca ha sido fácil, aunque si somos honestos, es una etapa que para la mayoría de los adultos genera nostalgia. No sabes si es fruto de los achaques de la edad, la cercanía galopante hacia la vejez o el peso de los problemas.

Disney y Netflix no lo facilitan. En la sociedad se ha instalado una defensa despiadada del sentimiento adolescente como motor de actuación, cuando justamente estamos rodeados de personas claramente viejas. Hace cincuenta años no habríamos tenido dudas en encuadrar a ciertos individuos en estatus pasivo, cuando ahora están casi en su plenitud laboral. Se alcanza la madurez en el momento en que una cena te impide dormir o una comida copiosa te provoca acidez, pero cada persona es un mundo. Podríamos decidir que dicho evento llega en el momento que no puedes mejorar tu aspecto físico.

Existen dos tendencias curiosas que conviven en la sociedad. Hay un bando libertario que argumenta que uno debe hacer lo que quiera, cuando quiera y como quiera siempre que acepte sus consecuencias, mientras no perjudique a un tercero. Es una idea atrayente, pero tan egoísta que llevada al extremo nos deja una sociedad muerta (véase, Holanda o Bélgica). El otro bando defiende que todos los errores, vicios y defectos propios tienen un origen cultural o son provocados por un padre tiránico (véase, el resto del Occidente moderno). Solo el amor maternal ataja de raíz todos los males del planeta. La contaminación y las guerras son netamente masculinas.

Nuestros progenitores no fueron personas perfectas, ni sus vidas en común sinónimo de felicidad permanente. Algunos de sus errores o defectos influyeron en nuestra existencia, pero si dejaron una huella en nuestras vidas dice más de nosotros que de ellos.

Miramos al pasado con desprecio. La tradición se ve como algo obsoleto y en el fondo creemos que lo moderno es sinónimo de progreso. Todo lo que rompa con lo anterior es bienvenido. Sorprende que nadie se haya percatado del ego que destila pensar que todos los que vinieron antes eran profundamente torpes, crueles y estúpidos. La humildad no es una virtud al alza en estos días.