En una ocasión una amiga me contó que un familiar suyo, concejal del Ayuntamiento de Aranda, allá por los años 60, junto con otros miembros de la Corporación y el alcalde a la cabeza, decidieron adquirir como bien municipal el edificio de Las Francesas. Y, como las arcas municipales no disponían de muchos fondos, pusieron dinero de sus bolsillos, es decir, financiaron a su costa, como un banco, el importe de compra del inmueble. Casi igual que ahora. Este inmueble hoy alberga distintos servicios municipales tan importantes como: Escuela de Música, Escuela Oficial de Idiomas, Servicios Sociales, albergue… por cierto, cerrado hace más de diez años.
Y me pregunto y me admiro de cómo han ido cambiando las cosas en relación con esto que llamamos la res pública, la actividad política, en este caso municipal. Porque, desde los ayuntamientos hasta el Gobierno de España, observamos cómo no hay tantos ciudadanos que dediquen su tiempo a este noble oficio de la política. Y digo que no hay tantos porque, al menos en los pueblos, tampoco hay codazos para dedicarse a los asuntos públicos
Lleva tiempo y dedicación, enemistades, disgustos y pocas satisfacciones. Otra cosa es que haya determinados intereses crematísticos o personales. Entonces sí, entonces algunos representantes públicos llegan a decir que están en política por vocación… De risa. Su vocación es tráfico de influencias y a ver qué pillo. O qué me llevo al bolsillo.
No me cuadra que se pueda ser, a la vez, alcalde y senador. Salvo que tengas mucha vocación para llevarte sueldos y dietas por doble parte. No me cuadra que una persona nombrada como fiscal general del Estado sea investigada por un juez porque, por decencia pública, por decoro, tendría que haber dejado su puesto. Claro, si creemos en la racionalidad de la justicia. Es como si el Papa se pone a blasfemar ante sus feligreses. No me cuadra.