La ineludible competencia de las ventas online que lastra el pequeño comercio desde hace años suma ahora la centrificación de este sector en localidades como la capital ribereña, para dar la puntilla a las tiendas que venían subsistiendo en los barrios arandinos. En un paseo por zonas como Santa Catalina o el Polígono Residencial, las dos zonas más alejadas del centro de Aranda y con una importante densidad de población, el cómputo de locales cerrados se ha incrementado en los últimos años, lo que deja una imagen decadente de estos barrios y, además, una falta de servicios para los vecinos, que tienen que desplazarse sí o sí a la zona centro para adquirir los más diversos productos.
Esta tendencia se fundamenta en la falta de relevo generacional en el sector del comercio, que no es exclusiva de los barrios, pero sí se agudiza en el extrarradio de la ciudad. «Mucha gente se ha ido jubilando y el negocio no se ha quedado nadie con él, la gran mayoría de estos negocios eran familiares y los hijos tienen otras actividades, otros trabajos y no se ha quedado con el negocio del padre o de la madre», constata José Manuel Bernal, presidente de la Asociación de Vecinos del Polígono Residencial. Un panorama idéntico se refleja en la otra punta de Aranda, en Santa Catalina. «No hay recambio generacional, los traspasos no se están haciendo como siempre e incluso negocios que están funcionando se cierran porque no hay una continuidad», confirma Juan Carlos Quintana, de la Asociación de Comerciantes de Santa Catalina, que ve una única excepción en esta tendencia. «Aquí en la zona los bares son los únicos que se cierran y luego lo cogen otras personas, sólo hay continuidad en este sector porque el tema del alterne aún tiene movimiento y da vida al barrio», especifica Quintana.
Los propietarios de locales en Santa Catalina proyectan convertirlos en plazas de garaje
Los últimos cierres se suman a los comercios que llevan décadas sin uso, con fachadas que dan mala imagen a Santa Catalina. - Foto: Valdivielso
Esta situación agónica de las tiendas en los barrios complica el acceso de los vecinos a muchos servicios. «Antes podía hacer toda la compra del día en el barrio, para llenar la nevera, pero también de ropa de vestir o de casa, zapatos, hasta regalos y caprichos; ahora, si quiero algo, tengo que bajar al centro porque muchas cosas no las tenemos aquí, sólo quedan persianas echadas», lamenta Marisa, una vecina del Polígono Residencial desde hace más de medio siglo. Bernal coincide con este análisis, pero explica resignado que «a la gente le da pena ver cerrados negocios que antes funcionaban y tener que desplazarse fuera del barrio, pero también es flexible y se adapta».
La sucesión de locales cerrados también se traduce en una menor vida de los barrios. «Antes las mañanas eran un ir y venir, entre los que iban y venían de trabajar, lo que salían a tomarse un café y los que íbamos a hacer compras, había conciencia de barrio», recuerda con nostalgia Soledad, una residente en Santa Catalina. Esa falta de actividad también se nota en detalles como la iluminación de las calles. «De noche que un comercio esté ya sin luces en el escaparate reduce la visibilidad y aumenta la tristeza de las calles», reconoce Juan Carlos Quintana, valoración que Bernal comparte y va más allá. «El hecho de tener tanto bajo cerrado da una sensación de abandono y de decadencia del barrio», reitera el presidente del movimiento vecinal en el Polígono.
Otra muestra del menguado sector del comercio en los barrios pasa por la tendencia inmobiliaria que ha aparecido en torno a los bajos de los edificios. «Los locales antes tenían un precio y ahora ha bajado muchísimo y, además, si se cierra una tienda o establecimiento, se proyecta convertirlo en plazas de garaje», añade Quintana.