¿Deben separarse el artista y su obra o, por el contrario, hay que abordarlos de forma conjunta? Una pregunta espinosa, que me rondó en una reciente exposición de Picasso al recordar su maltrato a las personas de su entorno, sobre todo sus mujeres. O la terrible revelación de que Alice Munro, premio Nobel y gran maestra de relatos de temática femenina, consintió que su marido abusase de su hija durante años. Confieso que ya no podría leerla con la misma devoción.
En 2024 se cumplieron 100 años de Veinte poemas de amor y una canción desesperada cuyo autor, Pablo Neruda, admitió haber violado a una indígena. Otro caso más en que el esplendor de una obra choca con la ignominia del autor, colocando al lector en una posición muy difícil, entre la admiración y el rechazo. Porque el arte y la vida se cruzan de muy diversas maneras. Hay quien vive para contarlo después, como los relatos de viajes y experiencias o esa tendencia tan actual, la autoficción, que consiste en novelar la propia vida. Un ejemplo es la obra de Annie Ernaux, que nos lega un descarnado testimonio vital, como también hace Pedro Almodóvar en Dolor y Gloria o Steven Spielberg en Los Fabelman. En cambio, otros confiesan que crean las historias que les hubiera gustado vivir. Emily Bronte, la autora de Cumbres Borrascosas, pasó sus días recluida en el Yorkshire del siglo XIX, sin más salidas que los oficios religiosos o los paseos solitarios. Y, sin embargo, su novela ha inmortalizado una de las pasiones amorosas más intensas que se conocen.
Hay también quien se desdobla, como el autor de Alicia en el país de las maravillas, que en la vida era Charles Dodgson, un aburrido profesor de Matemáticas y Lógica en Oxford, y en la literatura se convirtió en Lewis Carroll, un transgresor de todas las normas y creador de universos disparatados. Como verán, el arte y la vida pueden fundirse, contradecirse, complementarse o incluso rivalizar encarnizadamente. En su obra ¡El arte o la vida!, el filósofo búlgaro Tzvetan Todorov analiza la figura de Rembrandt y cómo el gran artista sacrifica su vida para triunfar, algo que sin duda hacen esos genios precoces que no tienen ni infancia en aras de la excelencia. Cuántas fórmulas, en definitiva, para eso tan complejo que llamamos vida y que cada uno entiende, sea artista o no, a su manera.