Cada vez que un hombre conocido es acusado de agresión sexual por una mujer, la noticia incendia los medios con una virulencia extraordinaria. Tales acusaciones, afirmamos rotundamente, deben ser atendidas, investigadas y, si procede, castigadas con la máxima celeridad y rigor en cualquier contexto que se produzcan. Pero casos tan lamentables, y por desgracia sucesivos, como el de Rubiales, Errejón o Monedero acapararon de tal manera el foco y el debate que eclipsaron otras noticias transcendentes. Baste como ejemplo que el caso Monedero coincidió en el tiempo con la renovación del Pacto de Estado para la Violencia de Género (que incluía a todos los partidos, excepto Vox) y este último pasó bastante desapercibido.
Ayer se cumplieron 50 años del Día Internacional de la Mujer y hay quien percibe esta fecha como una lucha de mujeres contra hombres, una visión nociva sobre el feminismo. El enorme ruido mediático sobre la violencia sexual puede acabar demonizando a todos los hombres como maltratadores en potencia, algo tan injusto como atribuir automáticamente el papel de víctima a todas las mujeres. Pero en ningún caso se debe alimentar la confrontación ni la exclusión, porque la revisión profunda de conflictos y roles patriarcales -violencia sexual, brecha salarial, reparto de cuidados, entre otros- implica y beneficia también a los hombres. Por ejemplo, ¿no es una carga mostrarse siempre fuerte y exitoso?; ¿no es triste vivir la paternidad como un rol secundario?; ¿hay libertad cuando se vive y se actúa en manada? Los hombres tienen que ser nuestros aliados, nunca nuestros adversarios, para ese cambio estructural que garantice la igualdad de derechos y deberes.
Hay que celebrar y alentar que participen en nuestras marchas, que firmen nuestros manifiestos y que colaboren activamente en nuestra lucha desde los vínculos que nos unen: parejas, padres, hermanos, hijos, colegas, amigos o vecinos. Solo así, evitando el maniqueísmo y las barreras, se conseguirá mejorar la visión tan negativa de los varones jóvenes, que dicen sentirse amenazados, acorralados y discriminados con respecto a las mujeres. Resulta cuando menos descorazonador que los logros de varias generaciones se vuelvan en contra de los principios de igualdad que los motivaron. Vienen al caso, en este contexto, las palabras que Mary Wollstonecraft, pionera y autora de Vindicación de los derechos de la mujer, pronunció en 1792 : «No deseo que las mujeres tengan poder sobre los hombres, sino sobre ellas mismas». Toda una lección de feminismo.