Inés Praga

Esta boca es mía

Inés Praga


¡Quieto todo el mundo!

23/02/2025

Recuerdo perfectamente dónde estaba yo hace 44 años, cuando Tejero, pistola en mano, soltó esta frase en la tribuna de oradores del Congreso. Yo había terminado las clases de tarde, cuando vino corriendo un colega de Químicas a contar lo que había oído por la radio. El susto y el miedo nos paralizaron, y nos juntamos un grupo en un despacho para escuchar un transistor, pero la confusión era enorme, así que nos fuimos a casa temiendo despertar al día siguiente en un país diferente, tomado por el Ejército. Toda España contuvo el aliento con aquellas imágenes que, vistas hoy, parecen un mal thriller en blanco y negro. Y, sin embargo, estuvo a punto de quebrarse para siempre la democracia por la que tanto habíamos luchado.  

Hoy no haría falta asaltar el congreso con tanques y pistolas para socavar el sistema democrático que, pese a todo, seguimos manteniendo. El golpismo y los uniformes militares han sido sustituidos por amenazas mucho más sutiles y de mayor alcance que poco a poco envenenan la sociedad.

Las encuestas hablan de una alarmante proporción de jóvenes que votarían a la ultraderecha -un 22% a Vox entre los 18 y los 24 años, según la encuesta del CIS de enero-, un fenómeno que se extiende por Europa y por el mundo. La extrema derecha ha sabido capitalizar la preocupación por la precariedad económica y el futuro incierto con el mensaje de que solo una política de mano dura solucionará las cosas, algo que ha reforzado la aparición de Trump y su alianza con lo peor de cada casa. 

Los golpistas de hoy actúan desde las redes sociales con una impunidad que no tuvieron Tejero y sus secuaces. Y los discursos de odio son un arma con silenciador que apunta a las minorías, las libertades y los derechos humanos con igual peligro que una metralleta, pero sin notarse. El 23-F nos enseñó que la democracia solo sobrevive cuando es defendida por toda la sociedad. Y aunque la España de 2025 no es la de 1981, no está de más recordar el valor de la estabilidad y el respeto a las reglas del juego democrático. Nada es perfecto, por supuesto, y muchos estamos hartos de nuestros políticos. Pero hay una línea roja, importantísima, que nos separa de los nostálgicos de aquel ¡quieto todo el mundo!. Una línea que nunca debe desaparecer y que nunca debemos traspasar.