Tengo la teoría de que las personas de ciudades medianas o pequeñas nos ilusionamos más fácilmente que quienes viven en la gran ciudad. No es que tengamos sueños menores, sino que valoramos las victorias con una escala más realista. Solo tengo la idea y me faltan las causas, pero antes de que la ciencia me tire mi hipótesis, quiero saber si ustedes la compran.
Un burgalés, Mario Marquina, vive en Londres y es diseñador de moda. No le conozco personalmente, pero sí a su trabajo, porque Lady Gaga viste uno de sus impresionantes diseños en la portada de su nuevo disco. Un crack, un hacha, un monstruo en lo suyo, de esa gente que nos cuesta creer que han salido de un par de calles más allá. El disco está en todo el mundo, su imagen se vende en camisetas en Estados Unidos, pero él ha subido una foto en sus redes sociales emocionado al ver que estaba en el escaparate de esa tienda donde todos hemos comprado música, deportes y libros desde 1875. Porque ese disco es global, pero él comparte que está en el Espolón. Y le entiendo perfectamente.
He pensado mucho en Marquina esta semana. También en cómo esa amiga que es como mi hermana me colgó ayer porque se cruzó con mis padres en mi pequeña ciudad al otro lado del Mediterráneo. Y en cómo, caminando hacia un museo con mi madre, descubrí una parte de la familia que solo existía en las narraciones familiares: esa prima tan lejana que ya me pierdo en qué apellido compartimos, pero que era la compañera de juegos y aventuras de la infancia de mis padres y tíos. Nos cruzamos en la capital, pero la ilusión era la de quien comparte una historia en Burgos.
Empiezo a pensar que la ilusión tiene que ver con quién vive más pegado a la tierra, con la lucha por llegar donde nadie se emociona y valorar de otra forma.
Porque todos vivimos a la vez, pero no de la misma manera.
Porque dicen que el burgalés es de piedra, pero la emoción es por otras cosas.