Es domingo. Me despido de los cuatro compañeros que siguen en el periódico. Arranco el coche; en la radio, fútbol. El pase a la 'final four' de la Liga de las Naciones de la selección española masculina. No cambio de emisora, no me interesa mucho pero me acompañan hasta el garaje. No paro de darle vueltas a esta columna, quiero terminarla esta noche.
Ya en casa, la rutina de siempre. Me cepillo los dientes a la par que pienso en el último párrafo. Mientras me lavo la cara se suman a este pensamiento, para mi sorpresa, las imágenes de los lanzamientos de penaltis. Seco mi rostro y entre retinol y contorno de ojos se me ocurre una fantasía. Imagino que uno de los disparos lo lanza Javier Iruretagoiena Amiano, Jabo Irureta, el Jabo centrocampista (reconozco que he tenido que buscar entre los jugadores de la selección de 1975). Apago la luz del baño y antes de ir al ordenador se me escapa una sonrisa: «un futbolista de primera con setenta y seis años». Buen desvarío, ha de ser el cansancio.
¿Se imaginan? Un deportista que tras más de cincuenta años sigue entrenando a diario con el resto de sus compañeros. Un jugador que desconoce el banquillo. ¿Pueden hacerse a la idea? ¡Nuestro Jabo, el único en el mundo! ¿Cuánto pagarían las marchas por su patrocinio?
No imaginen, atiendan. Ese deportista único en el mundo está en nuestra plantilla desde antes de 1975. Carlos Soria, un alpinista con doce de los catorce ochomiles a las espaldas. Conseguidos, diez de ellos, tras cumplir los 60. Formó parte de la primera cordada española en subir el Manaslu, hace ya cincuenta años. Y por estas fechas tenía pensado conmemorarlo coronándolo, ¡con ochenta y seis años! La primavera no le ha traído ese regalo. Pese a buscar hasta el último momento, no ha conseguido los 150.000 euros que necesitaba. En otoño volverá a intentarlo. ¡Nuestro Carlos! ¡El único en el mundo! ¿Se imaginan un departamento de marketing que pudiera rechazar este regalo?