Utilizo ya el término estrés admitido en la RAE y no el vocablo anglosajón stress, acuñado por vez primera por el fisiólogo y médico canadiense Hans Selye en 1936. De este modo, el entonces director del Instituto de Medicina y Cirugía Experimental de la Universidad de Montreal, se ocupó de estudiar los efectos físicos que producían en el organismo de sus pacientes determinados síntomas psicofisiológicos. Así descubrió que la enfermedad no derivaba de una dolencia física sino que respondía al esfuerzo que requiere la adaptación a nuevas circunstancias, de ordinario agobiantes provocando reacciones psicosomáticas, por ello que el científico denominó a esta nueva enfermedad también Síndrome de Adaptación General (General Adaptation Syndrome o GAS).
Son varios los tipos de estrés que incluye hoy el Vademecum y así estrés metabólico, postvacacional, postraumático…, todos ellos originados por unas y otras causas. Pues bien, yo hoy hablo del estrés universitario y/o académico que sufrimos, no sólo estudiantes sino también profesorado cada vez con mayor frecuencia siendo además enero un mes propicio para ello. Resulta así extraño hablar de este tipo concreto de estrés en la creencia popular del descanso del que disfruta el sector docente, nada menos que con prácticamente tres meses de vacaciones (si existieran). Jóvenes y no tan jóvenes compartimos así, si no es aún enfermedad, siquiera esta sensación de agobio en ocasiones encontrando su máximo auge en determinadas temporadas del año pudiendo ser ésta una de ellas.
En efecto, además de la famosa cuesta de enero tras el dispendio navideño, sucede que este mes, aún sin clases a la fecha, es, sin embargo, mes arduo de exámenes y/o pruebas de evaluación varias a destajo, las que no serían tan excesivas de no resultar ya continuación de múltiples trabajos, exposiciones, tests y/o exámenes parciales realizados en los meses anteriores. Estrés este que afecta sin duda, en mayor a medida, al ámbito estudiantil pero también, en su justa medida, al ámbito docente que ha de procurar en tiempo y forma la corrección de unas y otras pruebas. Sin olvidar también y de forma importante una realidad más oculta que afecta al perfil investigador del profesorado o, en sentido estricto, al profesorado investigador que suma además el estrés de la apertura a lo largo de este mes de enero del conjunto de convocatorias nacionales y regionales junto a las de su propia universidad para reconocer y/o financiar su investigación (léase sexenios, proyectos de generación de conocimiento, ayudas de movilidad de los programas Salvador de Madariaga y José Castillejo, reconocimiento de Unidades de Investigación Consolidada, largo etcétera).
Me consta la existencia de un Servicio de Atención Psicológica en las universidades españolas y entre ellas la nuestra, si bien, siquiera a bote pronto y desde mi desconocimiento, intuyo quizás más enfocado al sector estudiantil. Por el contrario, para el profesorado de momento sólo hay propuestas, por ejemplo, desde la literatura iniciando incluso una línea de investigación en la materia y así promover un Plan de Prevención de Riesgos Laborales que aborde también este estrés universitario como forma de estrés laboral. Todo apoyo es bueno y cualquier iniciativa en este sentido muy loables pues a la luz de las estadísticas (según el INE para el INE para 2023 el 60% de estudiantes sufren estrés derivado de la carga de trabajo) me hace pensar que la situación de estudiantes y especialmente de profesores/as universitarios/as, respecto de los que esta realidad y cifras es todavía más desconocida, dista de ser la idílica que el imaginario colectivo presume.
En estos tiempos de vorágine recuérdese, como decía Baltasar Gracián, «no vivir aprisa».