El fútbol y la guerra, aunque en esencia deberían ser opuestos, comparten un lenguaje de lucha, estrategia, táctica, victoria y derrota. En principio, ese intercambio verbal podría enriquecer ambos mundos, pero en realidad los desvirtúa porque denota cierta carencia de originalidad verbal.
Veamos, en el fútbol, la organización de un equipo se basa en un equilibrio entre ataque y defensa. Los entrenadores planifican invadir el área rival, los defensores la protegen atrincherados, los jugadores emulan soldados en la batalla. En ambos casos, la anticipación y la adaptabilidad son fundamentales para la victoria, pero también el engaño, la mentira, el espionaje, todo cuenta. Por supuesto, la preparación, el adiestramiento, la inversión, el entrenamiento, etc. A viceversa, podríamos aducir que la influencia del fútbol en la guerra también es evidente. En contextos bélicos, se habla de «contraataques» estratégicos, término prestado del deporte. Además, el concepto de «juego limpio» (fair play) ha permeado el discurso militar, promoviendo reglas de honor incluso en pleno conflicto. Pero, más allá del lenguaje, fútbol y guerra comparten estrategias, disciplinas y liderazgos, incluso políticas, propagandas y espionajes. El trabajo en equipo y la capacidad de mantenerse firmes bajo presión son habilidades esenciales en ambos campos. Estas similitudes pueden resaltar los valores humanos que subyacen a dos mundos tan dispares, pero también denotan la peligrosa condición humana. La contaminación lingüística puede estimular conductas violentas o agresivas, destapar el egoísmo y la zafiedad humanas.
Pero lo preocupante es que ese lenguaje también ha calado en la política, revelando pasiones y arrebatos humanos que sustituyen a la moderación, ecuanimidad y otras virtudes que orlan a los verdaderos los políticos. Las intensas verbosidades parlamentarias que vemos cada día deberían estar prohibidas en ese terreno. Es desolador ver como muchos políticos, perdidos en un laberinto de vulgaridades, de falta de respeto, tolerancia y flexibilidad, atrapados por la avaricia, la ambición y el narcisismo, se abonan a ese lenguaje que revela su falta de imaginación, ingenio e inteligencia.
Para eso mejor sentemos en los escaños a entrenadores, futbolistas y periodistas del mundo forward y que nos entretengan. Más barato no será, pero más divertido y menos peligrosos, eso seguro.