Rafael Barbero

Lo que de verdad importa

Rafael Barbero


El sector financiero que nos merecemos

17/03/2025

Si usted, a principios de siglo XXI, era director financiero de una empresa o quería gestionar sus finanzas personales, tenía la posibilidad de aprovechar una amplísima oferta financiera basada tanto en el sistema de cajas de ahorro como de entidades bancarias que, a través de un modelo de negocio principalmente basado en sucursales, ofrecía servicios muy competitivos. Además, una gran parte de estas entidades tenían una presencia local o regional y apostaban de forma decidida por el desarrollo económico de sus territorios de origen, a la vez que se complementaban perfectamente con aquellas que tenían un ámbito nacional o internacional. Y no es que comenzasen en ese momento a generar estrategias de responsabilidad social basadas en impulsar una sociedad más desarrollada, igualitaria y sostenible medioambientalmente; es que ese fue el germen del nacimiento de muchas de ellas casi un siglo antes. Hoy, cuando ha pasado una cuarta parte de este siglo, el cambio en la estructura de las entidades financieras en nuestro país ha sido radical, evolucionando, por un lado, hacia un sector más resiliente pero también mucho menos competitivo, que está enfrentando grandes desafíos tanto tecnológicos como sociales. 

El primer cambio evidente que se ha producido en el sector financiero es la disminución del número de entidades de depósito operativas. En 2008 existían 286 entidades con licencia bancaria en España y a día de hoy únicamente quedan 191, con una reducción del 32%. Además, el porcentaje de activos bancarios gestionados por las tres principales entidades financieras nacionales ha pasado de un 56% en 2011 a un 72% en 2021. Esto ha generado un mercado mucho más concentrado y con mayor poder de decisión sobre el consumidor, reduciendo sustancialmente la capacidad competitiva del mismo. Sí es verdad, por otra parte, que esta concentración ha permitido a las entidades financieras aprovechar los beneficios que ofrece una mayor escala, adecuarse a las mayores exigencias regulatorias y, como veremos más adelante, destinar más recursos a su digitalización.

Y si el número de entidades financieras se ha reducido notablemente, la caída del número de sucursales es todavía más drástica, pasando de más de 45.000 en 2008 a unas 17.000 actuales, es decir, han cerrado 6 de cada 10. El motivo de este proceso de cierre ha sido, por un lado, la reducción de costes operativos que compensasen la caída de los ingresos por intereses, y, por otro, el impulso de la banca digital, que ha forzado a sus clientes a tener que relacionarse con su banco a través de internet o de un cajero electrónico de forma generalizada. Esta situación puede parecer propia del desarrollo tecnológico de nuestra sociedad, pero la realidad es que en Alemania el cierre de sucursales en el mismo periodo ha sido de un 30% y en el Reino Unido de un 35%. Por tanto, aquí nos ha tocado acostumbrarnos a los nuevos canales digitales de forma mucho más acelerada. Y consecuentemente este proceso también ha tenido efectos sobre las plantillas del sector, que se han reducido desde las 270.000 personas hasta poco más de 160.000, cifra que parece ya estabilizarse.

En lo relativo a la transformación digital ha permitido que las entidades financieras hoy ofrezcan servicios innovadores como aplicaciones móviles, pagos electrónicos o asesoramiento financiero automatizado mejorando la accesibilidad y la experiencia del usuario; pero a la vez ha generado situaciones de exclusión financiera tanto territorial (zonas donde no llegan adecuadamente las infraestructuras tecnológicas) como por edad o nivel social (personas que no gozan de los conocimientos digitales necesarios). Para poder abordar este proceso con los niveles de calidad y seguridad adecuados las entidades financieras han tenido que realizar grandes inversiones llegando conjuntamente a cifras superiores a los 5.000 millones de euros anuales. 

Quizás la pregunta que debemos hacernos en este momento es si esta estructura actual del sector financiero es la más adecuada para maximizar el desarrollo de nuestra economía y de nuestra sociedad. Y para mí la respuesta es relativamente sencilla de precisar, pero bastante más compleja de implementar.

Por un lado, contar con entidades financieras solventes y rentables permite hacer frente de manera más sólida a posibles crisis o recesiones en nuestra economía, así como llevar a cabo las fuertes inversiones en tecnología necesarias para mantener su competitividad ante la potencial entrada en el sector de bancos extranjeros o empresas tecnológicas.

Pero existen tres retos que a mi juicio potenciarían tanto al sector como a la economía en general.

En primer lugar, sería muy positivo equilibrar la relación de poder de decisión entre las entidades y sus clientes. Para ello debería aumentar la competencia favoreciendo el crecimiento de las redes comerciales de las entidades financieras de tamaño medio, bien a través de sucursales propias o con modelos de agencia. Con ello además se lograría un mayor equilibrio en el desarrollo de los territorios.

El segundo reto pasaría por favorecer la concesión de créditos a pymes a través de cambios en la regulación. En un país tan bancarizado como el nuestro, o las pequeñas empresas reciben el apoyo de las entidades financieras o su crecimiento quedará muy limitado.

Y, por último, pero no menos importante, se debería exigir a las entidades financieras un compromiso social y medioambiental similar al que el sector desarrolló en el siglo XX y que fue esencial para el desarrollo de nuestro país.

Sólo así tendremos el sector financiero que nos merecemos.