Llega abril con sus reclamos y limpias, la arribada de los invernizos, el remoce de nidos, los retoces y apareamientos primaverales. Abril es vida, brotes, primor. Para los mozos, tiempo de rondas y burlas, de retos y envisques. En Castilla, tiempo de revueltas, que para alguno rayanas fueron con revolución: la de los comuneros, de donde llega la gloriosa derrota de Villalar.
La de 1520/1522 fue una de las grandes ocasiones de nuestra Historia, desde luego, de más importancia y valor que otras que se han querido gestas y solo resaltaban este o aquel nombre de una dinastía o religión. La revuelta de los comuneros puso al reino, a la gente del común, en pie de guerra contra la servidumbre a extranjeros, pero también contra las oligarquías que se plegaban a las exigencias de aquel rey Carlos, con su Adriano de Utrech del brazo, obsesionados por recaudar lo que casi no daba la tierra, para comprar las voluntades de los electores imperiales centroeuropeos. Los castellanos se levantaron contra el rey ausente y aquellos extraños, contra quienes no miraban por el reino, y los pusieron en serios aprietos, hasta que llegaron las traiciones, como la que la ciudad de Burgos hizo a la Causa, de manos del Condestable con los mercaderes del Consulado, -en contra de lo que sus gentes del pueblo demandaban que se hiciera-.
Villalar, a pesar de la derrota, fue una batalla para la gloria popular. Su memoria quedó para la Historia, en nuestro caso, desde la Transición, momento de verdadera sanción colectiva de una región diseñada en los despachos de Madrid. La poca esencia identitaria actual de Castilla emana de este lugar, de sus reivindicaciones, y de esta fiesta. Ladinamente, Carlos Pollán, de Vox, presidente de las Cortes, se cargó la Fundación Villalar, transmutada en Castilla y León, y con el concurso del PP, busca borrar nuestra fiesta regional con conciertitos en cada ciudad que desmovilicen a la gente, que eviten ir a la campa.
Castilla se siente en Villalar cada 23 de abril. Se afirma cantando el vibrante romance Los comuneros. Nuestros pocos símbolos -Villalar, el pendón-, lo son por nuestra historia y por anuencia popular, y no permitiremos que un facha trumpista venga a decirnos que deban ser los que le salgan de su apellido.
Esta es una llamada a la guerra. Villalar es nuestra, de la gente, nunca fue de los políticos. Defendámosla.
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