Ella llegó con tiempo, porque no quería quedarse sin sitio. Se estrenaba en esa situación, no tenía experiencia en hablar en público en ese escenario y, aunque estaba decidida a pedir explicaciones, su arrojo competía con los nervios.
Lo primero que le sorprendió fue ver el patio de butacas desierto. Bien porque podía elegir el mejor lugar para asistir a la convocatoria, pero no podía ocultar su sorpresa: le habían dicho que el día anterior no cabía un alma. Le daba un poco igual, la verdad. Ella iba a defender sus intereses y exigir una solución a sus cuitas. Se puso cómoda (tenía espacio de sobra para dejar su abrigo a su lado) y sacó sus papeles para tenerlos a mano para cuando le dejasen intervenir.
Pasaba el tiempo, una hora, otra, otra más... y los nervios dejaron paso a la indignación ante lo que presenciaba, ante los discursos reiterativos y cargados de amenazas, insultos y faltas de respeto, ante el cruce de acusaciones. Esos ladrillos no sirven para construir una ciudad, más bien para dinamitar la convivencia, los proyectos y los necesarios cimientos para construir un futuro.
No pudo más. Se levantó y, rompiendo todo protocolo, casi exigió poder hablar. Pero no podía, no era el momento, tenía que esperar a que terminase todo. «Esto es una vergüenza», dijo lo suficientemente alto como para todos los presentes la oyesen.
Los presentes eran los 21 concejales del Ayuntamiento de Aranda de Duero y ese espectáculo era un pleno municipal. Ella era la única ciudadana que asistió como público tras la sesión de la moción de confianza, que tuvo una afluencia casi nunca vista. Lo que tuvo que sufrir se está convirtiendo en una triste norma. El enfrentamiento político no puede poner palos en las ruedas al progreso de una ciudad.