«Con esto, aunque parezca mentira, hemos acabado y queda visto para sentencia». Así, entre el hartazgo, el agotamiento y la ironía, el juez Fernández-Prieto daba por concluido el mediatiquísimo juicio a Rubiales. Seis segundos que vio el mundo entero, reproducidos y escudriñados millones de veces. Seis segundos, y todo lo que siguió, por los que la Fiscalía pide dos años y medio de cárcel para el expresidente de la Federación por agresión sexual y coacciones. Y año y medio por lo segundo para Vilda, Luque y Rivera.
Mientras ustedes leen estas líneas, el magistrado quizás esté dándole vueltas a estos 9 días de declaraciones. O quizás se haya tomado el fin de semana libre, que hasta Dios en la creación se tomó un día sabático. Se lo ha ganado. Que mira que el señor juez, muy protagonista por sus directísimas intervenciones, intentaba que no se fueran por las ramas, «continuemos», decía una y otra vez, con escaso éxito en ocasiones. Hay mucho en juego. Para Rubiales, el resto de acusados, para Jennifer Hermoso, y para todos. Toda sentencia genera jurisprudencia.
Para la historia quedan algunas frases del magistrado poniendo en su sitio a más de uno, afeando chulerías, espetándole al mismísimo De la Fuente que iba a allí a hablar de lo que se le pregunte, o aquella pregunta, «¿le pegamos a la testigo para que diga lo que usted quiere?» aludiendo a una Montse Tomé, abrumada sin apenas levantar la vista del suelo.
Lo que no vimos venir era la mítica frase de López Vázquez en Atraco a las tres que soltó Rubén Rivera, en referencia a su papel con las jugadoras en el famoso viaje a Ibiza: «Si querían bikinis, bikinis, si querían ostras, ostras. Era admirador, amigo, esclavo y siervo». La vida no deja de sorprendernos. Sorprende menos que el perito de lectura de labios fuera una persona sorda de la Asociación de Granada, provincia de Rubiales. Entre los dos convirtieron el piquito de la inolvidable asamblea del «No voy a dimitir» en un besito. ¿Más cariñoso?
Un juicio en el que un Rubiales, casi irreconocible, se presentó en su declaración humilde, humano, con un tono de niño bueno que no le recordamos. Humanidad que seguramente le faltó durante y después del beso. Tanto Hermoso como su entorno han subrayado la falta de empatía, de apoyo, de preguntarle cómo estaba. No preocuparse por ella, y sí por sus sillones, es en parte causa para que su sillón ahora sea el de los acusados. Acusados que han tirado de «abogados caros», como presumía con orgullo el letrado de Rivera.
«Conducta inadecuada sí, delictiva no», concluía la súper abogada de Rubiales. «No estamos ante un consentimiento, estamos ante un sometimiento», alegaba el de Jennifer.
«¿Hasta cuándo vamos a pedir a la víctima un comportamiento heroico?» argumentaba, emocional, la fiscal. Se puede ser víctima sin estar llorando por las esquinas.
El juez dirá.
Fue valiente Hermoso. Su valentía y la de las futbolistas consiguieron lo que nadie antes, derrocar a un Rubiales que por muchas otras cosas debía haber estado fuera de la Federación mucho antes. Valentía para que, a partir de ahora, ningún jefe, llevado por la euforia, le plante un beso en los morros a una subordinada. Y sin perdón de verdad.
Perdón que tampoco ha pedido Mapi León a Daniela Caracas por ese tocamiento lamentable que ella sostiene fue «en la pierna». La imagen es clarísima. Incomprensible la soledad de la víctima, sólo apoyada por el Espanyol y sus compañeras de equipo. Sorprendente la tibieza y equidistancia de los sindicatos, de la Liga Femenina y la inacción de la Federación. ¡En el 91! con unas sensibilidades muy diferentes, a Míchel, por algo más insistente, pero parecido, le pusieron 500.000 pesetas de multa (3.000 euros) por 'falta de decoro'. ¡34 años después! Mapi, tiene pinta, se va a ir de rositas y, sin pedir perdón. ¡Vaya!