Hace cinco años tenía programado un viaje familiar a Londres para el puente de abril. Dos meses antes, mis cuñados soltaron una advertencia y yo una carcajada al escucharla: «Coronavirus mediante». En aquel momento, había un tipo llamado Fernando Simón -una eminencia, un experto, un superhéroe-, que se reía cuando la gente compraba mascarillas en las farmacias. Los tertulianos televisivos, que en este país es la versión cañí del oráculo de Delfos, desmontaban sin piedad una histeria por un virus que mataba menos que un catarro estacional. La hemeroteca de aquellos fascinantes días da para un libro, pero aún está por decidir el género donde encasillarlo.
Al final no fui a Londres aquel 23 de abril de 2020. Resultó además que un mes antes me compré todo tipo de provisiones para pasar un par de semanas encerrado en casa. Al final fueron catorce. Fernando Simón seguía haciendo previsiones fallidas, aunque ya más realistas, y los tertulianos se dejaban las manos aplaudiendo porque nos había tocado la lotería con semejante genio. En cada hogar español nació una estrella de la cocina, con especial mención para los maestros reposteros que agotaban a diario la harina especial para magdalenas, la esencia de vainilla y la canela en rama. Con semejante despliegue culinario, normal que arrasaran también con el papel higiénico.
«De esta saldremos mejores», nos dijimos a nosotros mismos. Pero cuando la Unión Europea, que nos ha inflado a millones de euros para salir del bache de la pandemia, nos recomienda estar preparados para un ataque bélico, otro virus mundial o uno informático, sale el mismo oráculo del covid a reírse de los que siguen los consejos de las autoridades. Que Dios nos coja confesados entonces. Por lo pronto, ya me he comprado el kit de supervivencia y he mirado precios para un búnker. Cuestión de supervivencia.