Uno ignora cómo funcionan estas cosas porque está muy poco viajado, pero el caso es que las noticias nos cuentan que Donald Trump tiene al mundo en un credo porque está empeñado en comprarles Groenlandia a los daneses. A lo mejor es que el territorio de marras se ha puesto a la venta en alguna plataforma virtual y el nuevo amo del planeta puede adquirir una isla de hielo de similar forma a como nuestro cuñado paga la entrada de un piso en Villímar. O a lo peor, y es lo más probable, ocurre como en una de esas películas de gánsteres en las que un capo mafioso amedrenta a un comerciante para que lo convierta en socio de su bar, arruina al pobre diablo a costa de venderle su propio whisky de garrafa a precio de Chivas y acaba pegando fuego al local para cobrar el seguro.
En cualquier caso, el matonismo impúdico que está exhibiendo Estados Unidos en el asunto groenlandés es solo un escenario más de la guerra territorial, comercial, migratoria, energética, medioambiental y cultural que se va a dirimir en el mundo en los próximos años, y para la cual los europeos no parecemos ni mucho menos preparados. Y también se antoja un síntoma espeluznante de que, por mucho que se quiera caricaturizar a Trump y haya quienes ridiculicen sus bravatas, millones de personas juzgan ya que la democracia ha dejado de constituir el modelo más adecuado para mejorar la realidad y, consecuentemente, respaldan el extremismo nacionalista más belicoso para encontrar respuesta a todas las carencias de nuestro viejo sistema.
Cuando este articulista tenía dieciséis añitos, los chavales quemábamos las gramolas de los bares pinchando una y otra vez una canción de la Movida hermosa y misteriosa titulada Groenlandia, con la que recorríamos felices el universo entero en pos de una utopía, desde Perú hasta el Tíbet, desde Japón hasta la isla de Pascua, a las selvas de Borneo, a los cráteres de Marte... Todo aquel romanticismo idealista se antoja hoy ridículo en un mundo cada vez más hostil, sojuzgado por las oligarquías financieras y tecnológicas y en el que, si el cantante de Los Zombies regresase a la vida y pudiese darse un garbeo por los anillos de Saturno, a lo peor descubría que ya los ha escriturado a su nombre Elon Musk.