En Notting Hill hay una escena -esa en la que suena el Ain't no sunshine de Bill Withers- en la que el protagonista recorre melancólico el mercadillo de su barrio londinense: en ese paseo, de apenas minuto y medio, vemos cómo el tiempo pasa y la vida sigue a su alrededor: las estaciones cambian, una pareja se rompe, incluso nace un niño en el barrio. Es un estupendo recurso narrativo: el mundo gira, pero ya sabemos que el dueño de la casa con la puerta azul va a permanecer triste y pensativo hasta que vuelva a su vida la estrella de Hollywood con la que ha mantenido un improbable romance.
Cada vez que paso por las traseras del Hospital de la Concepción me viene a la cabeza esa escena: dentro del recinto vallado un árbol va mudando de aspecto con el paso del tiempo. De hecho, algún invierno parece que va a ser el último, pero no, las hojas vuelven a brotar primavera tras primavera. Alrededor, el movimiento del bulevar, niños jugando en el parque, vecinos paseando a sus perros, los estudiantes del Enrique Flórez haciendo un descanso.
Y el edificio renacentista como testigo mudo y sí, quizá también triste, teniendo en cuenta el tiempo que lleva siendo un continente vacío y con escasas alegrías desde los trabajos que lo consolidaron: hace unos meses los miembros de GAP pensaron, con acierto, en él para su intervención artística relacionada con las vidrieras y probablemente algún viandante volvió a reparar en su presencia.
Ahora que nada impide que empiece la obra para que la antigua Facultad de Medicina llegue a albergar usos universitarios y el Archivo Provincial, es momento de soñar con una revitalización de esta parte de la zona sur de la ciudad que, con unos cuantos locales vacíos y algún que otro edificio amenazando ruina, corre el riesgo de quedarse igual de atrapada en el tiempo.