Hasta la edición de 2014, el diccionario de la Real Academia Española mantuvo la siguiente definición del término rural: «Inculto, tosco, apegado a cosas lugareñas». Por el contrario, lo urbano es definido como aquello «perteneciente o relativo a la ciudad. Cortés, atento, de buen modo». Ya ven, la gente de pueblo era ordinaria por norma y los de ciudad, caballerosos y educados.
Por desgracia, el lenguaje del desprecio ha marcado la visión del medio rural. Paletos, garrulos, atrasados, pueblerinos... Palabras como estas han hecho y aún hoy hacen mucho daño al mundo rural. De hecho, ciertos estereotipos continúan vivos. Nos inculcaron que prosperar era marcharse del pueblo. Y quien se quedaba fracasaba. El pueblo era lo pequeño, el atraso, lo que no tenía futuro. Mientras, la ciudad representaba todo lo contrario, pese a que el desgarro doliera (y de qué manera).
Puede que últimamente la situación haya mejorado, pero la herida sigue abierta. Para muchos la palabra pueblo todavía hoy lleva acarreada la figura del perdedor. Te quedas en tu municipio, luego eres perdedor. Te quedas en el pueblo, luego no tienes otra alternativa, no puedes hacer otra cosa, no das para más. ¡Qué barbaridad!
Hay quienes consideran que los políticos tienen parte de responsabilidad por no haber hecho demasiado para cambiarlo y también la prensa por haber realizado seguidismo de eso mismo. Toca darle la vuelta. El medio rural no es la Arcadia feliz (no exageremos), pero tampoco el escenario lúgubre, triste y deprimido que a veces hemos contribuido a pintar. En el equilibrio se halla la virtud.