Hace ya bastante tiempo que en este asunto de Fitur me muevo a caballo entre el escepticismo y el terror. La dimensión de esta feria es tan masiva que se me escapa. La corriente a favor de participar es tan grande que se hace irresistible hasta para el ayuntamiento más pequeño que se ve obligado a estar presente haciendo un esfuerzo económico desproporcionado para montar su stand, caseta, 'córner' o lo que sea para promocionar la belleza y tranquilidad de su respectivo pueblo. Sus posibilidades de captar la atención entre los miles de competidores son muy remotas, pero si sonara la flauta entonces la belleza de su paisaje y tranquilidad de su modo de vida se habrán esfumado para siempre. Tenemos ejemplos cercanos en los que unas cuantas fotos subidas a la red ensalzando la belleza o tranquilidad de un punto concreto se han vuelto virales y han acabado con su encanto de noche a la mañana.
Me temo que Fitur se ha convertido en una plataforma para que los políticos de turno hagan su paseíllo particular rodeados de cámaras y micrófonos para asegurar su presencia mediática para colar mensajes. En realidad, el negocio redondo es para el organizador y para la hostelería madrileña, que a pesar de sus precios disparatados, que en su mayoría se pagan con dinero público, cuelga el cartel de no hay billetes.
Es todo un poco esquizofrénico ya que una parte no desdeñable de esos 94 millones de turistas por los que tantos políticos sacan pecho en realidad se alojan en esas decenas de miles de pisos turísticos que han expulsado de los centros históricos de nuestras ciudades a su población tradicional, disminuyendo la oferta de viviendas de alquiler para nuestros jóvenes. Y son los mismos millones de turistas que lo colapsan todo.
Ya sabemos que cada vez son más las playas en las que hay que ponerse el despertador para coger sitio o reservar turno para hacer senderos que te llevan a lugares pintorescos. Estamos jugando a la ruleta rusa corriendo el riesgo de llenar de autobuses el camino de Sad Hill. Es sólo un ejemplo entre otros muchos que todos tenemos en la cabeza. Es la consecuencia lógica a una siembra que se me antoja poco reflexionada. No creo que tengamos que aspirar a la masificación como objetivo dejándonos en la gatera aquellos valores culturales o ambientales intrínsecos a nuestra vida.