Mi querida España, esta España mía. / Esta España nuestra, ay, ay. / Mi querida España, esta España mía, / esta España nuestra, repetía en el estribillo la recordada Cecilia en esta sentida canción de la década de los 70. Españolito que vienes / al mundo te guarde Dios, / una de las dos Españas / ha de helarte el corazón, versaba Antonio Machado y musicaba Joan Manuel Serrat, deidades de la palabra y el sentimiento.
Así fue, así es ahora y, por desgracia, así será. Al menos por un tiempo.
¿Dos Españas? Por lo menos. Para no meternos en más líos de lindes, de muros, de egoísmos y falsas superioridades, dejémoslo ahí. Dos. Pero tranquilos, que no voy por Sánchez o Feijóo, el fiscal general o el novio de Ayuso, Gobierno central o Generalitat Valenciana...
Mis discrepancias e incertidumbres son de más altura, o más profundidad. ¿Subir o bajar a Bilbao? Un tercio de españoles baja (al nivel del mar). Otro tercio, sube (al norte). Y el resto, que no somos de discutir y sí de haya paz y pon otra ronda, pues vamos a Bilbao.
Somos mucho en nuestra querida España -que por estos livianos asuntos no nos hiela el corazón- de blanco o negro, todo o nada, o un santo o un diablo, playa o montaña, Messi o Cristiano, Los Beatles o Los Rolling, la Jurado o la Pantoja (bueno, estas últimas disquisiciones igual ya son algo viejunas y olvidadas)...
Pero donde hay que mojarse de verdad es cuando hay que decidir la tortilla de patatas con cebolla o sin cebolla. Y si echamos limón o no a los calamares y a los mejillones. La mayoría dice que sí, pero yo prefiero que cada cosa sepa a lo que es, no todo parecido. Para eso ya están las franquicias de ropa, que han 'igualado' a fealdad muchos cascos históricos singulares.
Tampoco es baladí ante un cuarto de lechazo asado humeante en su cazuela de barro elegir costillas o paletilla. Y si pedimos cerveza sin alcohol, ¿normal o tostada?
Lo del lado de la cama, el dentífrico boca arriba o boca abajo y comerse primero el segundo plato porque frío pierde mucho, eso ya son asuntos internos. Sean benévolos en su investigación y felicidades a las Inmaculada Concepción, que unos las llaman Inma y otros Conchi. ¡Hasta en eso discrepamos!