En el invierno del 2018, siendo presidente de los EEUU el mismo que lo es hoy, la Casa Blanca solicitó al Guggenheim de Nueva York el cuadro Paisaje en la nieve (Van Gogh, 1888) para decoración de alguna estancia particular de la Casa Presidencial. La petición no tenía nada de extraño, puesto que otros presidentes habían llevado a cabo reclamos similares anteriormente, si bien, en esta ocasión, la pretensión de ese cuadro en el que se ven los campos nevados próximos a Arlés, atravesados por un hombre solitario al que sigue un perro, fue denegada porque la pintura era parte de una colección que prohibía su traslado excepto en las 'más raras ocasiones'. A cambio, la dirección de aquel centro ofreció como alternativa a la primera dama otra obra llamada América, un retrete de oro de 18 kilates interpretable como una crítica satírica a la excesiva riqueza de los americanos ricos y que antes había sido exhibido durante un año sin excluir el uso los visitantes. Acaso por no poder ofrecer alguna otra obra, quizás por el gusto del presidente por los accesorios dorados siempre presentes tanto en sus dependencias como en cualquiera de sus fantasías (empieza una época dorada, decía este lunes) o tal vez porque el Museo supiera que la intolerancia siempre se alimenta de todo tipo de residuos, la realidad es que la propuesta fue esa, el retrete de Maurizio Cattelan, el váter de oro del artista italiano transgresor y convencido de que se puede mostrar el enfado y el total desacuerdo sin violencia y a través del humor. Si a Pessoa le gustaba la paz con la que un contertulio de café expresaba su disconformidad con las cosas mediante un «tendrá que ser así, pero no estoy de acuerdo», a Cattelan le gustaba el humor.
En el frío de los días de enero, el humor es cuchillo que puede pelar la realidad; puede cortarla y trocearla para amasar alguna especie de mortero con el que sellar grietas que la vida abre. Y en el frío de los días de enero, el humor también puede tamizar tu temor a los populismos y nacionalismos (el mayor de los males de nuestro tiempo, decía Swzeig hace ya hace cien años) siempre al acecho sin que logres explicarte del todo la persistencia de ese daño ya que, al fin y al cabo, tú también piensas como aquel personaje de la viñeta de El Roto que exclamaba qué limitación ser nacionalista pudiendo ser de cualquier sitio.