Juan Carlos Pérez Manrique

Estos días azules...

Juan Carlos Pérez Manrique


Máscaras

05/03/2025

En la programación de las fiestas de Burgos de 1950 se incluyó la representación de la obra Asesinato en la Catedral del Nobel de Literatura T.S. Elliot. Trataba sobre el que padeció el arzobispo Thomas Becket en la Catedral de Canterbury en 1170 y la función tuvo lugar en la Llana de Afuera, junto a nuestra Catedral, donde ochenta años antes había tenido lugar otro deleznable asesinato. Aunque Elliot era un escritor religioso no termino de entender bien (salvo que se pretendiera interpretar algún tipo de conexión histórica) cómo pasaron por alto los implacables censores de la época ese hecho ni la crítica enmascarada del texto. 

Elliot, que nunca visitó Burgos, dedicó además un poema a nuestra ciudad. Me lo contó Joan Margarit una de esas mañanas soleadas que en Burgos nos regala octubre, tras fallarse el Premio de Poesía Ciudad de Burgos correspondiente al año 2012. Margarit, a quien yo admiraba por su poesía y reconocía por su aportación como arquitecto, me dijo que ese poema él lo había traducido al catalán y que según volviera a casa me lo enviaría. Nunca me lo envió ni tampoco pude volver a contactar con él, seguramente demasiado contrariado por alguna manifestación sobre que el jurado había trampeado el premio ese año. Sabes que en estos procesos siempre pueden darse comentarios o acusaciones de ese tipo, así que a pesar de la decepción y no sin pesar, me resigné a su alejamiento. Entendí bien que no tolerara un tipo de acusación que encajaba mal con la vida que había tratado de ir construyendo, sin máscaras. Al margen, el poema de Elliot sobre Burgos, nunca lo he podido localizar.

De aquel día de octubre, me quedo con lo que escuché contar al poeta Montero y al editor Visor (formaban parte también de aquel jurado) en relación con un viaje que hicieron a Uruguay para visitar a Benedetti, cuando ya su esposa, Luz, padecía el alzhéimer que le acompañaría hasta el final. Mario -contaban - buscaba su tarjeta de identidad, se colocaba delante de ella mostrándosela y le decía: «Eh, Luz, mira, soy yo… Mario… tu Mario…», pero no le reconocía porque ella le veía ya con una máscara de olvido o de misterio. Recuerdo bien esta historia hermosa y triste para un Benedetti, tan de 'a cara descubierta' y de ternura en estado de presión (lo que llamamos coraje), a quien no le gustaban las máscaras, según cuenta en un bello poema del que se puede disfrutar en cualquier fecha, incluido Carnaval.